Educación: derecho y también libertad

Educación: derecho y también libertad

09 Abril 2021
Agustín Squella >
authenticated user Corresponsal

¿Derecho a la educación en la nueva Constitución? Desde luego que sí. Derecho a una educación pública, gratuita y de calidad, y que, por cierto, no segregue ni discrimine a sus estudiantes. ¿Libertad de enseñanza? También, porque no hay razón alguna que justifique desconocer dicha libertad, y porque con ella se amplía la cobertura educacional y se ponen en ejecución proyectos educativos diversos, propios de una sociedad abierta y plural. Pero sin lucro, para lo cual no basta con que se diga que los establecimientos educacionales privados deben constituirse como corporaciones o fundaciones sin fines de lucro. Deben quedar sujetos a alguna forma de control a ese respecto, puesto que tal como pasó (¿pasa?) con la mayoría de las universidades, es muy fácil decir que no se lucrará y, sin embargo, adoptar fórmulas engañosas que sí permitan hacerlo. Los excedentes que pueda obtener un establecimiento educacional de cualquier nivel deberían ser reinvertidos en el propio proyecto educacional que los produjo y no ir al bolsillo de los dueños de los establecimientos. Existen muchísimas oportunidades de negocios para los inversionistas, lo cual está muy bien, pero no se puede transformar en otra más las que tienen que ver con la satisfacción de derechos fundamentales. Al ser la educación un derecho, se impondrá al Estado la obligación primordial de organizar, financiar y administrar la oferta educativa pública, puesto que aquel derecho, si no existiera la obligación correlativa del Estado, podría quedar como letra muerta escrita en el nuevo texto constitucional. La segregación es otro de los males de nuestra educación, y no solo por razones socio económicas, sino también filosóficas, religiosas, situación matrimonial, condición sexual y otros aspectos que, encarnados en los propios educandos o en los padres que solicitan una matrícula, suelen ser considerados por los establecimientos educacionales a la hora de aceptar o denegar la incorporación a sus aulas de algún niño o joven. El ejercicio del derecho a la educación no debería encontrar obstáculos en ninguno de tales aspectos. Algo que ha perjudicado a nuestra educación es también la demasiado estrecha relación que se ha ido trazando entre vida y educación, educación y trabajo, y trabajo y riqueza. En cuanto a lo primero, la educación continua es un bien, y casi una exigencia, pero sin exagerar. Vivimos para mucho más que educarnos –vivimos incluso para deseducarnos, o sea, para dejar atrás la leche materna con que nos puedan haber alimentado durante la niñez- y, no obstante, de pronto parece que estuviéramos a punto de que la educación preescolar comenzara cuando los humanos estuvieran en el vientre de sus madres, mediante tempranas sondas de inoculación de conocimientos u otra tecnología a la mano, y que legiones de educadores recorrieran las salas de cuidados intensivos para dar una postrer posibilidad de seguir educándose a quienes están por dar su último suspiro. Tocante a lo segundo –la relación entre educación y trabajo-, el discurso que se ha instalado, ya por décadas, es que el sentido de la educación consiste en que los jóvenes consigan buenos puestos de trabajo o ejerzan profesiones lo más lucrativas posibles, como si la educación fuera tan solo una precalentamiento laboral. Todos sabemos que la educación apunta más alto que eso, pero parecemos haberlo olvidado. Pareciera que las carreras universitarias estuvieran siendo elegidas por los jóvenes y sus familias según lo que indican las estadísticas sobre ingresos medios o probables de cada título profesional, o, peor aún, por las redes sociales que se puedan o no encontrar al interior de una universidad. Y referente a lo tercero –la relación entre trabajo y riqueza- el cliché es que trabajaríamos únicamente para obtener ingresos personales y aumentar el producto interno bruto del país en que vivimos, en circunstancias de que trabajamos para mucho más que eso. Es tan empobrecedor de la educación creer que nos educamos solo para trabajar como lo es sostener que trabajamos únicamente para ser más ricos y hacer también más rico a nuestro país. Debe ser por eso que hace ya rato el trabajo se degradó en empleo y el empleo en pega. ¿En qué momento empezamos a recorrer ese camino descendente que lo que hizo fue degradar la palabra “trabajo” y reemplazarla primero por “empleo” y, ahora último, por “pega”? ¿En qué momento las personas que trabajan empezaron a ser llamadas “capital humano” y en cuál los departamentos de personal de las empresas pasaron a llamarse “departamentos de recursos humanos”? Para mejorar nuestra educación, en lo que se deba a nivel constitucional y en lo que corresponda luego a nivel de políticas públicas de los gobiernos y de leyes ordinarias o comunes que apruebe el Congreso Nacional, no estaría mal comenzar por la revisión de algunas ideas equivocadas a las que nos hemos ido ajustando y del lenguaje que hemos adoptado para expresarlas.